En un hombre eminente es loca pretensión creer escapar de la censura, y debilidad el ser deprimido por ésta.
Nadie puede censurar o condenar a otro, porque nadie conoce perfectamente al otro.
Nada es más fácil que censurar a los muertos.
Procuro ser siempre muy puntual, pues he observado que los defectos de una persona se reflejan muy vivamente en la memoria de quien la espera.
El honor es una isla escarpada y sin riberas: El que ha caido de ella, no puede volver a subir.
Todos los hombres están locos y, pese a sus cuidados, sólo se diferencian en que unos están más locos que otros.
A menudo el temor de un mal nos lleva a caer en otro peor.
En una palabra: para parecer un hombre honrado, lo que hace falta es serlo